El asalto al Capitolio: si funciona tan bien afuera, por qué no probar también en casa

Explosión causada por una munición policial mientras los partidarios de Donald Trump incursionaban en el edificio del Capitolio en Washington D.C.

POR GILBERTO LOPES /

La multitud asaltaba el pasado miércoles 6 de enero el Congreso en Washington. Enormes banderas flamean por todas partes. Y armas. Se transpiraba patriotismo.

El mundo miraba asombrado.

Insurrección en Washington, siguiendo sugerencias del presidente. La policía evacúa el Congreso. El vicepresidente también. Rompen ventanas. La policía pide refuerzos. Decretan toque de queda a las seis de la tarde en la capital norteamericana.

Trump escribe en Twitter. Pide a la multitud respeto por la policía. Somos el partido de la ley y del orden, recuerda a sus partidarios.

La multitud se agolpa afuera del Capitolio, trepa por las escaleras. Gritan, cantan. Han ocupado el Congreso. Llegan a la testera del Senado. Se oyen gritos: ¡Trump ganó las elecciones! Hay disparos en la puerta de la sala de sesiones del Congreso. Es el gran espectáculo de la democracia. En pleno desarrollo. Una marcha para salvar América.

Pocas veces la democracia ha brillando tanto con luces propias. Porque no es lo mismo derrocar un gobierno en Santo Domingo, en Granada, en Panamá, asaltar la casa presidencial en Chile y matar al presidente Allende, o financiar la oposición en Cuba, o en Nicaragua, o desconocer las elecciones en Bolivia, que ver a sus ciudadanos asaltar el Congreso en casa. Tampoco es igual ver a nuestros presidentes apoyar a su colega Juan Guaidó, nombrado presidente de Venezuela por Washington. U operar con autoridades locales para eliminar candidatos en Brasil, o en Ecuador, o en Honduras, o en Paraguay, si los candidatos no le gustan a Washington. Brilla más así, con la gente en la calle, con armas en las manos, asaltando el Congreso en casa.

Se hace llamar Q-Shaman, uno de los activistas más notorios del asalto al Capitolio, y es un ferviente fanático del saliente presidente de EE.UU., Donald Trump.

¿Will you fight for America? ¿Will you fight for America? ¿Peleará Ud. por América, peleará Ud. por América?, insiste en la pregunta el orador. ¡¡¡Yes!!! Responde una multitud entusiasta. “Save America” se lee en los carteles. En nombre de la herencia de los padres fundadores. De la democracia. USA, USA, USA… grita la multitud ¡God bless America!, concluye el orador. Con más certeza que esperanza.

¿Cómo evitar la tentación de aplicar en el país las mismas lecciones de democracia promovidas con tanto éxito, durante tantos años, contra gobiernos incómodos en todo el mundo, desde las revoluciones de colores en el norte de África, o en Asia, hasta las dictaduras militares en América Latina?

Precedentes

“Nuestra democracia está bajo un asalto sin precedentes”, dijo el presidente electo Joe Biden.

Pero no es así. Tiene muchos precedentes. Se pueden citar solo algunos. La democracia tiene también muchas definiciones. Casi infinitas. Como forma de gobierno, sin embargo, es la instaurada en los Estados Unidos en el siglo XVIII, descrita en detalle por Alexis de Tocqueville en su notable libro La democracia en América. Es el orden político de la sociedad que se creó entonces libre de las ataduras de un orden social antiguo que se hundía en Europa. Basado en el capital, como orden económico; en las armas, como capacidad militar; y en la democracia, como orden político. La democracia como ella es, no como cada uno sueña, cada vez más identificada con el paraíso.

Una democracia que hemos visto brillar como nunca la semana pasada en Washington, cuando Jake Angeli, uno de los activistas más notorios del asalto al Capitolio, parte del grupo llamado “Qanon”, un atorrante con un gorro de dos cuernos, ocupó la testera del Congreso.

Con caras compungidas, los congresistas –convocados en la noche del miércoles 6 de enero para terminar de ratificar el triunfo de Joe Biden en las elecciones presidenciales de noviembre pasado– acudían a los padres fundadores, recordaban los fundamentos de la democracia, sin acordarse de los gobiernos derrocados, de los países bloqueados y de los regímenes impuestos mediante golpes militares en América Latina. Ni de las más sofisticadas medidas legales aplicadas contra políticos incómodos para la Casa Blanca, como el expresidente brasileño Lula; contra Correa, en Ecuador; contra Lugo, en Paraguay, apoyadas siempre por amplia mayoría en el congreso norteamericano.

Procedimientos que han funcionado tan bien que no era difícil prever la tentación de usarlos en casa. Era solo cuestión de tiempo para que a alguno se le ocurriera acudir a medidas democráticas también en casa.

El daño a la república

Desconocer estas elecciones dañará nuestra república para siempre, dijo Mitch McConnell, el muy conservador líder de la mayoría republicana en el Senado. Sin decir que eso es lo que han hecho siempre en América Latina, sin importarle si dañaba nuestras repúblicas, como las daña, profunda y permanentemente. Con la complicidad de los que aquí piensan que no es mala idea lograr sus objetivos con el apoyo de Washington. El resultado es el que conocemos, el que denuncia Mitch McConnell: el daño permanente de nuestras repúblicas; la imposibilidad de organizar su vida política de acuerdo con un equilibrio de fuerzas nacionales, porque el conservador encontrará siempre apoyo y financiamiento en Washington, que lo distorsiona todo. Como lo sabe McConnell, que siempre ha apoyado esas medidas.

“Mike Pence no tuvo el coraje de hacer lo que debería haber hecho para proteger nuestro país ni nuestra Constitución, dándole a los estados la oportunidad de certificar un resultado correcto de datos, no los fraudulentos y poco precisos que debieron certificar previamente. Estados Unidos demanda la verdad”, dijo en tweet el presidente.

Pence contesta en larga carta. Acosado por Trump, que le exige desconocer los resultados electorales, explica que sus funciones como presidente de la sesión conjunta del Congreso son meramente protocolarias, que no tiene atribuciones para descalificar la votación.

Pero las cartas se jugaban ya en otro lado. En la elección de los dos senadores por Georgia, la semana pasada, se confirmó lo que había quedado en evidencia en noviembre: que Trump y sus aliados encarnan la mitad de las preferencias electorales del país.

El resultado de las elecciones senatoriales en Georgia consolidó una ventaja demócrata en ambas cámaras. Nada de eso asegura, sin embargo, un cambio en la costumbre de asaltar el poder en cualquier país latinoamericano que decida tomar un rumbo que no cuente con la simpatía de Washington. Pocas cosas ilustran mejor esa pretensión que la referencia de Kissinger a la elección de Allende, hace 50 años, cuando, con el apoyo del presidente Nixon, estimó inaceptable la decisión del pueblo chileno. Y decidió revocarla por las armas. Había que hacer crujir la economía hasta que la gente no aguantara. Como hacen desde hace 60 años contra Cuba. O como contra Venezuela. Medidas que –como lo sabe bien el senador McConnell– dañan profundamente nuestras repúblicas.

Pero funcionan tan bien para los intereses de los Estados Unidos que su presidente pensó que quizás sería interesante aplicarlas también allá.

Los dos lados del muro

Una hegemonía se desvanece, dice Marcus Colla, profesor de historia moderna de Europa en la Universidad de Oxford, en artículo publicado por el Löwy Institute, de Australia.

Es el obituario del mundo que surgió de la II Guerra Mundial, al que se refieren los analistas occidentales. La pandemia solo vino a dejarlo en evidencia. Nada lo demuestra más claramente que la respuesta de Washington a la crisis.

No hay que buscar mucho para encontrar pronunciamientos sobre el mundo que se vislumbra después del dominio norteamericano. Pocos discutirían –afirma Colla– que la pandemia ha desnudado esa influencia global disminuida. Se refiere a la cada vez menor capacidad de Estados Unidos para influir en lo que llama la “imaginación global”. Cuando estalló la pandemia a nadie se le ocurrió mirar hacia los Estados Unidos. La crisis no cambió el mundo, solo desnudó verdades todavía algo ocultas, afirma.

El pretendido liderazgo moral de Estados Unidos fue siempre vital para mantener su hegemonía en el marco de ese viejo orden heredado de la guerra. Respaldada por ese lenguaje moral, la época de un dominio económico y militar ya pasó y, en su opinión, es extraordinariamente difícil pensar que podría reconstituirse algún día.

Colla nos sugiere ver el momento político actual como la intersección de dos arcos: uno definido por el resurgimiento de las naciones y de las fronteras, por las viejas rivalidades geopolíticas; el otro caracterizado por una aceleración radical de la conectividad global en la ciencia, en lo digital, en las tecnologías de vigilancia y, también, en la trasmisión de enfermedades.

Globalización –asegura– ha sido siempre un concepto difícil (si no imposible) de precisar. Pero cuando salgamos de esta fase, dentro de unos meses, entraremos en otro mundo, no menos global, ni menos conectado, “pero bien podría ser menos norteamericano”.

Una opinión similar expresó Ishaan Tharoor, columnista del Washington Post sobre temas internacionales. El poder del modelo norteamericano estará diluido; sus argumentos serán más difíciles de oír.

La pretensión de exhibir como un ejemplo para el mundo el orden político norteamericano y la incapacidad de prever que también en ese país podría ocurrir un caos como el del pasado miércoles 6, son dos aspectos de una misma miopía, dice Tharoor: “la que sobrestima la influencia moral de Washington en el mundo y subestima la profunda disfunción inherente al sistema norteamericano”.

Para muchos –incluyendo al expresidente Obama, a quien le gustaba enfatizarla– hace falta un mito, como el de excepcionalidad norteamericana. Para otros, eso es una ilusión que obvia el papel de Washington en la articulación de los golpes militares o la instalación de crueles regímenes clientelares que ha caracterizado su política por décadas, recuerda Tharoor.

El sube y baja de la política internacional

Alastair Crooke, exdiplomático británico con vasta experiencia en temas internacionales, trata de explicarnos por qué Estados Unidos ya no puede imponer su visión civilizatoria al mundo.

Con el triunfo de los Estados Unidos en la Guerra Fría los principios liberales, que algún día explicitara John Stuart Mill en su libro Sobre la libertad, lejos de convertirse en una ley de desarrollo universal, se transformaron en un marco cínico para la aplicación de su política de “poder blando” en todo el mundo. Los principios propuestos por Mill, su proyecto sectario, solo pudo transformarse en un universal cuando fueron apoyados por el poder. Por el poder colonial, primero; por la democracia norteamericana, después.

“Los méritos de la cultura norteamericana y de su modo de vida solo adquirieron validez práctica luego de la implosión de la Unión Soviética”.

Pero hoy, con el poder blando norteamericano colapsado, ni siquiera con el triunfo de representantes de la clásica tradición liberal en las elecciones de noviembre pasado Estados Unidos estará en condiciones de promover un nuevo orden mundial.

El balancín se inclinó hacia un lado cuando, en 1989, se hundió el socialismo del este europeo y se disolvió la Unión Soviética. Como en ese encantador juego de niños, uno toca el suelo con los pies, mientras el otro sube hasta las nubes cuando se mueve el balancín. Pero, como lo saben los niños, el balancín sigue su movimiento, y con los pies se empujan nuevamente hacia arriba, hasta que la otra punta, a su vez, se hunde hasta el piso. En todo caso el movimiento del balancín no estaba en la cabeza de los que entonces subieron hasta las nubes.

La vieja ilusión se diluyó. Crooke hace consideraciones diversas. Entre ellas la de que es la nueva generación norteamericana, conocida como los woke liberals, la que denuncia como ilusorio el paradigma liberal y reitera que no ha sido nunca más que una cobertura para ocultar la opresión, ya sea doméstica, colonial, racista o imperial. Una rémora que solo la redención puede borrar.

Un ataque a cualquier aspiración de liderazgo global de los Estados Unidos que incluye la idea de que, al final, no hubo nunca “prosperidad para todos”. Ni siquiera libre mercado.

Es el derrumbe de los ídolos. La Fed –el “banco central” norteamericano– y el Tesoro, simplemente imprimieron nuevo dinero y lo repartieron a determinados grupos. Uno entiende ahora cual es el sentido de ese enorme ecosistema financiero conocido como Wall Street. Y se pregunta –dice Crooke– por qué no reducirlo a un par de instituciones, como la de inversiones BlackRock o el hedge fund KKR, y los encarga de repartir los nuevos fondos entre sus amigos.

Crooke teme que el poder blando se vuelva totalitarismo duro.

Montados en el balancín vemos con claridad el sube y baja del movimiento, escenario del fin de una época, el verdadero final de la Guerra Fría, cuyo origen había sido guerra. Y que podría ser el inicio de una más… Quizás de la final.

Políticamente, las sociedades avanzadas de la modernidad occidental son oligarquías, disfrazadas de democracias liberales, dice Crooke, recordando al filósofo británico Alasdair MacIntyre.

Acondicionar los desechos de esa modernidad es la tarea, concluye.

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